Cuando eres introvertido y tímido y necesitas canalizar pensamientos y emociones sin nombre, tienes al menos dos opciones: desbloquearte y empezar a hablar incluso con las paredes, o escribir .
Elegí la segunda opción y en este artículo les contaré mi historia.
Escribir para dar voz al silencio
Escribir siempre ha sido la mejor manera de expresarme.
Comencé a hacerlo cuando todavía no se llamaba así a escribir un diario , al menos en Italia.
Para preservar los trastornos propios de la infancia, y luego de la adolescencia, con las grandes limitaciones de comunicación, reciclé viejos diarios o cuadernos sin usar, disimulados con una cubierta de plástico y un candado, que encontré en el armario.
Todo hecho a mano, con gran orgullo.
En el colegio, los ensayos en italiano y las traducciones al latín no me suponían ningún secreto, pero los exámenes orales eran una fuente inagotable de estrés y malas notas.
En cuanto mi dominio del inglés me lo permitió, mis diarios cambiaron de idioma: los secretos y los pensamientos se enriquecieron con la satisfacción de encontrar los términos más complejos en el diccionario.
Palabras que quizás ni siquiera sabría traducir hoy en día.
Sin embargo, cualquier esfuerzo valía la pena solo por escribir.
La nostalgia del papel y el peso del silencio
En cierto momento, la vida se impuso a la reflexión.
Pasé años en un silencio casi total sobre la escritura, interrumpido por breves arrebatos impulsivos más que por un autodescubrimiento consciente.
Eran páginas escritas aquí y allá, sin continuidad, para satisfacer la necesidad de liberar la mente de pensamientos engorrosos y mal articulados .
Me pareció increíble lo automático que se vuelve el acto de coger un bolígrafo y dejar que la mano se deslice libremente sobre una hoja de papel.
A veces piensas que puedes prescindir de aquello que te hace sentir bien simplemente porque te das cuenta de que aún puedes respirar, comer o dormir sin sentir ningún dolor real.
Pero esa nostalgia puede tener un efecto profundo e inconsciente, y llega un momento en que ya no se puede ignorar.
La chispa: El diario del embarazo como un nuevo comienzo
Escribir es como montar en bicicleta: una vez que aprendes, nunca lo olvidas.
Comencé a escribir de nuevo mi diario de embarazo.
Años antes había comprado un precioso cuaderno, con una colorida tapa dura y cierre magnético, encuadernado a mano y con páginas de papel grueso y liso.
Lo había guardado celosamente solo para esa ocasión.
La vida me ha dado el privilegio de poder escribirlo en diferentes momentos, durante y después del embarazo, para plasmar en papel recuerdos que inevitablemente se han desvanecido con el tiempo.
Luego llegó el turno del diario de las primeras palabras de mi hija: un mini diccionario para traducir sus adorables errores de pronunciación y recordar la evolución lingüística de una niña pequeña que se enfrenta a los descubrimientos de la vida.
El flujo se ha reanudado, con fluctuaciones, pero sin más interrupciones.
Páginas Matutinas: Sustituye tu teléfono inteligente por información
Hoy me dedico de forma constante a escribir páginas matutinas : tres páginas que escribo cada mañana antes de empezar el día.
A veces son suficientes, otras veces no lo son para mí, pero decidí respetar la duración y el horario (unos 15-20 minutos por la mañana, nada más despertarme).
Me ayudan a centrar mi atención en lo que mi mente ha procesado durante la noche, a ordenar los momentos vividos el día anterior o simplemente a dejar que mis pensamientos y emociones fluyan libremente.
Comencé esta práctica como un desafío.
Tenía la mala costumbre de empezar el día revisando las notificaciones del móvil, y eso no me hacía sentir bien.
Tras leer Hábitos Atómicos de James Clear, decidí sustituir ese hábito disfuncional por uno más saludable: escribir todas las mañanas y obtener un impulso de dopamina al plasmar en papel las «notificaciones» producidas por mis neuronas.
Ahora consulto mi teléfono al menos una hora después de despertarme.
El cuaderno como refugio seguro: hablar contigo mismo
Los cuadernos se han convertido en mi refugio, en mi salvavidas.
Al igual que cuando era niña, incluso hoy en día, las palabras no siempre fluyen con naturalidad; sigo prefiriendo un buen bolígrafo azul para comunicarme con mi yo interior.
En teoría, el flujo de conciencia cobra vida y alcanza su punto álgido cuando se pierde en los laberintos de razonamiento que ni siquiera me atrevería a compartir con un amigo cercano.
El cuaderno no te juzga: espera pacientemente y acoge con agrado tus palabras, garabatos, lágrimas y euforia.
Responder a una pregunta, elaborar una idea específica o simplemente soltar la pluma son actos de verdadero amor propio.
Es reconfortante saber que el periódico te escucha sin interrumpir tu conversación.
Organiza tus pensamientos: Un cuaderno para cada necesidad
Los cuadernos son como las cerezas: uno lleva a otro.
Actualmente tengo dos más activos.
En el primero escribí una pregunta en cada página: cuando siento la necesidad, lo abro al azar y respondo por impulso.
El segundo cuaderno contiene todas las «chispas» del día: ideas, aforismos, proyectos.
Lo relleno antes de irme a dormir para dar cabida a lo que me impulsó durante el día y no desperdiciar ideas útiles.
Este último cuaderno surgió a partir de las sugerencias recibidas tras realizar la prueba que puedes encontrar aquí y a la que te invito a que hagas.
Descubrirás tu arquetipo y recibirás ejercicios muy estimulantes.
No es necesario tener muchos cuadernos, pero a medida que tu pasión se desarrolle, es posible que quieras dedicar uno a cada tipo de reflexión: creativa, terapéutica o profesional.
Cómo afrontar la ansiedad y el síndrome del impostor.
Escribir un diario es algo que se puede cambiar; se transforma y evoluciona con la vida.
Puede despertar la creatividad o recoger las lágrimas que no sabes cómo dejar salir.
Profundizar en las profundidades es un trabajo arduo y puede dar miedo, pero proporciona respuestas a preguntas incómodas.
Me ayudó a descubrir los orígenes del Impostor que me saboteó durante años.
Cuando lo encontré, le puse un nombre, lloré y me despedí.
Frente al espejo encontré los ojos brillantes de aquella niña que por fin había recibido el abrazo que llevaba años esperando.
Hace algún tiempo, describí con gran detalle un ataque de ansiedad que sufrí en las páginas de un cuaderno.
En ese momento comprendí lo poderosa que puede ser esta práctica.
Decidí no esperar pasivamente a que pasara la incomodidad, sino afrontarla, describiendo cada sensación e imagen física.
La ansiedad se ha reducido tanto que me hace sentir tierna.
Escribir no era una «cura» médica, sino una forma de mirarme a mí misma desde una perspectiva diferente y aceptar lo que pasaba por mi mente.
Conclusión: una simple revolución que comienza con un bolígrafo.
Los terapeutas llevan mucho tiempo recomendando el uso de la escritura para tratar traumas y trastornos, porque su eficacia ha sido demostrada científicamente.
Para mí, escribir un diario es la forma más sana de dar rienda suelta a los pensamientos, además de ser una forma de meditación que facilita la conexión con el alma.
Desde que volví a escribir con regularidad, es como si hubiera encendido una luz que ahora ilumina todo lo que hago.
Me convertí en un ejemplo para los demás: en cuanto mi hija aprendió a escribir, la inspiré mostrándole la belleza de llenar páginas en blanco.
Siempre es un buen momento para utilizar la escritura como forma de comunicación creativa.
Los pensamientos plasmados en papel recuperan su orden y se llenan de entusiasmo y valentía.
Porque es en la sencillez del lápiz y el papel donde reside la mayor revolución.
Rosa Murru